Dirían los revisteros de otros tiempos que el Otello exhibido en Valencia ha sido un éxito de crítica y público. Más aún cuando la fórmula permite distribuir los méritos de forma colectiva. No es fácil destacar la imponente versión musical de Mehta por encima del papelón de Gregory Kunde. Ni elogiar el triunfal regreso de Carlos Álvarez sobre los aciertos dramatúrgicos de Davide Livermore, cuyo Otello se recrea en una lectura cinematográfica asumiendo cuanto decía Cecil B. De Mille a propósito de los requisitos indispensables en una gran película de Hollywood: “Debe empezar con un terremoto y de ahí ir subiendo y subiendo en intensidad hasta el final”.
La ópera de Verdi no empieza con un terremoto, pero lo hace con una tempestad marítima que Livermore materializa sirviéndose de la tecnología y de las proyecciones. Es un alarde inaugural que enfatiza la ópera-espectáculo y en cuya resaca emerge el recurso conceptual de su propia lectura teatral, es decir, un remolino o una espiral que irá devorando a los personajes como si fuera el sumidero del gran océano.
Puede que Livermore abuse de la descripción, de la literalidad, y que se guste en su concepción galáctica de Otello, pero incorpora muchos aciertos de instinto dramático. Especialmente los mensajes subliminales y el trance en que Yago maneja a Otello como su marioneta, a cambio de interiorizar el tormento que consume al atribulado moro.
De fondo, Livermore comparte con Verdi y con Shakespeare una extraña e inconfesable devoción al malévolo urdidor del drama, incluso plantea un homenaje al dramaturgo inglés acotando una plataforma circular donde transcurren los pasajes esenciales.
Sucedía así en el Globe Theater de Londres. La tarima adquiría la naturaleza de un altar pagano y de templete sacrificial, aunque en el caso de esta producción valenciana implica también un espacio provisional y precario entre el cielo y la tierra donde agoniza Otello.
Otello es en este caso Gregory Kunde y debería serlo muchas más, para desconcierto, incluso, de quienes lo teníamos ubicado en la categoría de tenor lírico. No es que haya dejado de serlo completamente porque conserva la academia y la distinción, pero aporta al personaje el color, el vigor y la valentía. Empezando por el alarde vocal del “Esultate” y recogiéndose en la emoción con que concibe su propia muerte.
No era el tenor previsto para la producción del Palau de les Arts, pero el acierto de esta sustitución redondea un espectáculo soberbio en el que tanto destaca el regreso de Carlos Álvarez a la primera división de la ópera como lo hace la lectura profunda, telúrica, de Zubin Mehta con las huestes de la compañía valenciana.
Dirigió el maestro sin partitura. No como un alarde -la oscuridad del foso relativizaría la bravuconada, sino como una prueba inequívoca de que ha interiorizado la partitura. Por eso la expuso con naturalidad, dejándola fluir entre los dedos, apurando la teatralidad de la palabra escénica, alentando cada pasaje desde la común intensidad.
Y la intensidad no tiene que ver con el volumen. Tiene que ver con la tensión musical que Mehta aportaba a Otello. Redundando en la misma afinidad estilística con que Carlos Álvarez es un sacerdote verdiano. Esa voz corpulenta y carnosa. Ese concepto mediterráneo del canto. Esa envergadura dramatúrgica que echamos de menos en el caso de Guanquin Yu, apellido y nombre de una soprano china cuyo refinamiento no rescató del todo un concepto timorato de Desdémona.

















