Cabía sospechar que Riccardo Chailly tenía entre manos un acontecimiento discográfico. Cabía hacerlo porque el maestro italiano responde de una coherencia y de una originalidad que garantizan la credibilidad y la hondura de cualquier aventura o proyecto.
No creo haber sido el único sorprendido con la decisión que adoptó cuando se marchó a trabajar a Leipzig. Después de haber colocado a la orquesta del Concertgebouw en la cima de las grandes agrupaciones -así lo certificaba la encuesta de la revista Gramophone-, pensábamos algunos que estaba llamado a empresas de más envergadura. Nos equivocábamos. Más aún considerando el espacio de independencia artística que ha logrado en la ciudad donde murió Bach y nació Wagner.
No figura entre los directores más populares del planeta, pero le sobran razones para medirse con cualquiera de ellos. La última prueba consiste en su versión integral de las “Nueve sinfonías” de Beethoven. Que impresiona y arrebata por su teatralidad desde los compases iniciales de la “Primera” hasta el desenlace de la “Novena”.
Cuestión de pegada, de tensión, de dramaturgia musical. Y cuestión de sensibilidad y de finura, puesto que las grabaciones de Chailly sobrentienden un insólito equilibrio entre el desgarro dionisiaco y las atenciones apolíneas. Tanto le preocupa la arquitectura como el detalle, aunque la lealtad a Beethoven obliga a resaltar la exuberancia y la espontaneidad.
Cualquier sinfonía es un buen ejemplo de tamañas aportaciones. Me ha impresionado especialmente la “Sexta”. Y creo que lo ha hecho porque Chailly demuestra que volumen e intensidad no son exactamente conceptos sinónimos. De hecho, los pasajes contemplativos de la “Pastoral” desconciertan -en sentido positivo- tanto como los episodios corpulentos. Chailly extrae a la orquesta un colorido y una homogeneidad tan impresionantes como el virtuosismo de las familias o la aptitud individual de los solistas.
Tiene a su favor las huestes de la Gewandhaus de Leipzig. Una orquesta disciplinada en la tutela y en el estilo Beethoven desde que Mendelssohn dirigió el primer ciclo completo en 1840. Muchos años después, en los setenta, Kurt Masur dirigió su propia versión integral, aunque la de Chailly la sobrepasa en su corpulencia, en su virtuosismo y en su imponencia.
Tanto es así que el resultado merece situar la integral de Chailly entre las ediciones de referencia. Más aún cuando sus rivales más recientes no han aportado demasiadas razones para abrir un hueco en nuestras discotecas. Me refiero en particular al trabajo contenido y aséptico de Thielemann, incluso al esfuerzo coyuntural de Rattle con los berliner.
Le había puesto muy difíciles las cosas Claudio Abbado con su integral “camerística”, aunque sigo pensado que la versión más impactante de los últimos tiempos, sin menoscabo de la clarividencia de Barenboim con la Staatskapelle de Berlin, concierne al descaro y al fuego de Nikolaus Harnoncourt frente a la Chamber Orchestra of Europe.
Tuve la fortuna de asistir al ciclo en directo cuando el maestro “ofició” el acontecimiento en el Festival de Salzburgo. Y debo admitir que en mi Ipod únicamente figuran dos integrales de Beethoven (Chailly ya se ha colocado en la sala de espera). Harnoncourt es la segunda. La primera no ha variado y dudo de que lo haga nunca: Furtwängler en el sello EMI.
Se me podrá objetar que el sonido es deficiente y que se trata de una colección anómala porque intervienen hasta tres orquestas distintas –Filarmónica de Viena, Filarmónica de Estocolmo, Festival de Bayreuth-, pero estaremos de acuerdo en que la coherencia del punto de vista nos permite estrechar la mano de Beethoven y ponernos a temblar. Igual que le sucede a Don Giovanni en el regazo del Comendador.























